Aplicación de recursos caseros al enriquecimiento ambiental de psitácidos cautivos

 

Desde hace algunos años, cualquier colección zoológica seria dedica una porción de sus inversiones a recursos humanos y materiales, a fin de romper con la situación de monotonía angustiosa que aqueja los animales que alojan en sus instalaciones. Esta preocupación surge, por desgracia, como respuesta a los problemas de conducta que aquejaban muchos individuos, en especial los pertenecientes a especies longevas e inteligentes. Durante mucho tiempo, los humanos nos habíamos olvidado de un aspecto fundamental de la vida silvestre: los estímulos.

 

Así las cosas, comienza a hablarse de terapia ocupacional y enriquecimiento ambiental. El acomodo de un animal ya no sólo puede ser un decorado más o menos coqueto y funcional, ni siquiera amplio, sino sobre todo estimulante y con estímulos adecuados al ejemplar que lo ocupa y, ¡oh, sorpresa!, resulta que el sistema funciona, los visitantes se divierten más, se reducen las estereotipias y conductas “aberrantes”, se elevan los índices de reproducciones exitosas, los animales se pelean menos...

 

Estas observaciones se pueden aplicar también a los tenedores privados y cómo dudarlo, muy especialmente a los propietarios de loros. Así pues, comencemos a entendernos: un ambiente seguro no es un ambiente monótono e inmutable y un voladero funcional no es un voladero aburrido. Es imprescindible proporcionar al papagayo los estímulos adecuados para que mantenga y desarrolle todas sus capacidades vitales. Es una obligación moral de quienes los mantenemos en una situación de vida no elegida por ellos y que en muchos casos pretendemos incluso obtener beneficios de esa situación. Es también, y no lo dudéis quienes los dedicáis al comercio, una exigencia del mercado que se va imponiendo: un loro sano, fuerte, adaptable y que juega y acepta las nuevas situaciones, es un ejemplar que se cotiza al alza. Ningún loro aburrido o desinteresado por el entorno es un loro sano, puede que las analíticas no lo detecten, pero más pronto que tarde aparecerán los problemas: pasividad, agresividad, picaje, gritos, obesidad, atrofias musculares, automutilaciones... La galería es amplia y desde luego no deseable.

 

El principal problema para muchos de nosotros es que cuando pensamos en estímulos solemos pensar en juguetes y, ¡los juguetes son tan caros...! Da pereza pensar en un nuevo desembolso que pueda pasar a engrosar la lista de compras inútiles.

 

Estímulo es todo aquello que llama nuestra atención y genera una respuesta. Así que con un poco de ingenio y de respeto y conocimiento de nuestros ejemplares, cada uno de nosotros puede encontrar recursos caseros con que mantener sus sentidos alerta, su cuerpo y su mente activos. Basta que atendamos a unos cuantas reglas:

 

§ Adecuación a las características de cada ejemplar (especie, edad, estado de salud, origen, destino a que lo orientaremos...).

§ Adecuación a nuestras condiciones de tiempo, economía y espacio.

§ Adecuación al alojamiento y manejo previsto para cada ave.

 

Está claro que un ave joven nacida entre humanos y bien sociabilizada no responderá del mismo modo a los objetos y a las acciones humanas que un ejemplar adulto, capturado e incluso traumatizado o lesionado. Los elementos que empleemos para ellos serán pues diferentes.

 

Consideramos estímulos de cuatro tipos fundamentales:

 

§ Estímulos sensoriales, esto es, que se dirigen principalmente a los sentidos (colores, imágenes, sonidos, sabores, texturas...).

§ Estímulos afectivos, es decir, de relación.

§ Estímulos “intelectuales”, o sea, aquellos que le hacen pensar y utilizar sus capacidades de adaptación (juegos de ingenio, comidas escondidas, etc.).

§ Estímulos que aúnan dos o más características.

 

Algunas veces el estímulo no tiene como consecuencia la interacción, pero sí capta el interés del ave (ver la televisión, escuchar música, observar a otros seres vivos, observar al propietario mientras desarrolla labores no relacionadas con él...). Otras veces pretendemos una respuesta más evidente (ejercicios gimnásticos, vocalizaciones compartidas, presentaciones nuevas del alimento, manipulación de objetos...).

 

Los cambios controlados, en los que existe un equilibrio entre el estrés del primer momento y las posibilidades de huir o adaptarse sin peligro, son estímulos válidos. El secreto es siempre ése, que el papagayo disponga de elementos que le proporcionen una cierta seguridad (perchas altas en las que situarse, un espacio que conoce y en el que puede desenvolverse bien, algún “escondite”, etc.). Es decir, elementos conocidos junto a otros que desconoce aún; elementos cotidianos que permitan una sensación de amparo.

 

Respetada esta cuestión, recordaremos también los principios de seguridad tales como el empleo de materias no tóxicas, vigilar siempre el modo en que el ave se conduce ante los nuevos elementos para retirar aquello que entrañe problemas. No todos los loros reaccionan del mismo modo ni emplean del mismo modo los objetos. Lo que es fiable para uno puede no serlo para otro. Por ejemplo, la mayoría de los loros rompen la madera o la mordisquean, pero no suelen engullirla, sin embargo, hace algún tiempo nos consultaron el caso de un pollo de ara que había sufrido varias impactaciones de buche sucesivas por tragarse los trozos de juguete que le ponía su dueña. La primera medida, claro, fue retirar todo juguete de madera o plástico que pudiera partir y tragar...

 

Evidentemente, otro principio que hay que respetar es el de no propiciar conductas no deseables. Para un loro mascota puede ser válido hacer juguetes con cáscara de huevo hervida, pero si un futuro reproductor se aficiona a romper huevos, puede que en el futuro no sepa respetar su propia puesta. Si un loro juega a morder una silla puede que un día muerda el armario de caoba de la abuelita... En resumen, hay que adelantarse al problema, tanto para el loro como para nosotros.

 

Así, los materiales que pueden desecharse en un hogar humano son fuente inagotable de materia prima: ropa vieja de fibras naturales, envases de yogur o tapones de plástico, pero también materiales menos elaborados: mi guacamayo adora meter piedras en un cuenco de madera (por alguna razón prefiere las translúcidas y redondeadas) y a mi yaco le encanta rebozarse en una bandeja de arcilla. Muchas ninfas disfrutan rebuscando en una bandeja con arena de río y semillas germinadas...

 

Pero sobre todo disponemos de nuestra imaginación. A un loro puede divertirle acompañarnos a tender la ropa o a ducharnos, otro puede encontrar divertido que se le cambie la rutina diaria de comidas de vez en cuando. Muchos gozan guardándose en cajas de cartón y otros, simplemente, desean que les dejen tranquilos y respondan a sus silbidos desde una distancia prudente.

 

La interacción, tan deseada por los propietarios de loros mascota, se confunde muy frecuentemente con el contacto físico. Rompemos la distancia de seguridad, eliminamos los resguardos visuales y nos obsesionamos con tocar, en resumen, perdemos el respeto y la respuesta a ese estímulo (negativo en este caso) es desfavorable. Tenemos que aprender otras formas de camaradería. Del mismo modo que no le damos un beso de tornillo a cualquiera de nuestros amigos, tampoco tenemos que empeñarnos en llevar la relación con nuestros loros más allá de lo que ambos podamos aceptar. Os aseguro que hay muchas formas de hacer especial la relación con un papagayo mediante acciones que no impliquen una quiebra de su confianza.

 

Para concluir haremos algunas sugerencias sencillas a las que pueden añadirse cuantas ideas se os pudieran ocurrir siempre que respetéis las pautas de seguridad, adecuación al individuo y vigilancia.

 

§ Sustituir algunas de las perchas fijas por sogas, ramas oscilantes, etc.

§ Situar los comederos en puntos que les hagan trabajar su musculatura (cestillas colgadas, soportes a los que se llegue volando, etc.).

§ Colocad elementos vegetales que proyecten sombras ocasionales y propicien juegos de luz sobre la pajarera.

§ Permitid que el loro vea a otros animales que él no considere peligrosos (peces, otros loros de especies diferentes, aves a través de una ventana...).

§ Construid juguetes a partir de elementos reciclados del hogar.

§ Habituad a los loros a melodías o vocalizaciones personales que les ayuden a reconoceros como algo cotidiano.

 

Como podéis comprobar, un poco de intención puede permitiros encontrar en casa ideas suficientes para mucho tiempo: cañas de refresco, palillos de bambú, cubiertos de madera, calcetines de tenis, servilletas de papel...

 

Animaos a probar, vale la pena.

 

Ana Matesanz de Guarouba consultores

 

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